Primera carta que no enviaré

Este texto lo tengo en mi bandeja de Borradores hace casi dos semanas, aun no me atrevo a mandarlo. ¿Qué espero? Un simple Sí.

Guardado en la carpeta de Borradores (1):

Hoy me di cuenta que soy un cobarde. Me refugio tras las palabras porque sé que es una de las pocas cosas que sé hacer bien. Pero quizá esté bien – digo, hacerse el cobarde – al enfrentar algo tan grande, tan complejo y tan particular en cada experiencia como es el amor.
Un sentimiento con demasiadas tonalidades, que generalmente empieza siendo de colores tenues – en la etapa inicial de dudas y cuestionamientos – y llega a transformarse en un rojo intenso capaz de destruir el mundo y romper corazones (o tal vez juntarlos, ¿por qué no?); y en esta etapa – la del rojo intenso – es lo único que nos mantiene vivos.

En mí, estas 4 letras están cambiando de color muy rápido, se están volviendo rojo intenso y me da miedo, temor, pavor. Miedo porque dejé de enamorarme hace mucho; miedo al rechazo de quien se espera una respuesta – una respuesta que demora y emociona al corazón – miedo a enfrentarme al cambio; pero sobre todo miedo a volver a quedarme solo.

Ese temor cobarde que no me deja decirte frente a frente mi querida “S” muchas cosas: decirte por ejemplo que me maravilla tu sonrisa, con ese punto exacto tan cuidado entre sonrisa y carcajada; que tu forma de ser me llama mucho la atención y me hace pensar que debo conquistarte; que esos días de playa, con depresiones inusuales, debí acercarme más para darte señas de mi interés por ti; que ha sido gracias a ti que los colores grises se han alejado de mi vida y que los colores cálidos, rodean mi corazón rojo intenso y llenan los espacios fríos que eran muchos en mi pequeña habitación.

Que mis pensamientos giran alrededor de una imagen tuya que me acompaña desde que el sol sube a los cielos y que incluso en estas noches de verano agitadas por el excesivo calor, la idea de tu sonrisa hace de mis días proyectos de vida distintos, positivos y animosos.

¿Cuándo te veré? ¿Es que acaso también soy un cobarde para no mirar el rostro por el cual ahora vivo? ¿Esperaré sentado, otra vez, viendo pasar a lo lejos a la persona que puede ser parte esencial de mi vida? ¿Esperaré que se pierda en ese horizonte lejano donde no se distingue el cielo del mar? ¿dejaré que se oculte con el sol y permita que la oscuridad de la noche me trague? ¿dejaré que esa sonrisa divina que se ha puesto en mi camino me dé la espalda? ¿O me levantaré incendiando mi corazón, en cada paso en que me acerque a ti, sin saber si encontrará refugio junto al tuyo o estallará en pedazos de desilusión?¿O tal vez alucinando si tu mano acogerá la mía y mis ojos se encontrarán con tu mirada?

Esa respuesta no la conozco, solo tú mi querida “S” la puedes saber.

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