Tierrita mojada

Esta mañana tuvimos agüita. Nada espectacular en sí mismo, pero ver llover en Piura es una de las cosas que más me gustan. Es como si la ciudad entera se transformara. Por un lado, el cielo blanco cerrado me recuerda a esas mañanas de agosto en que vagaba por Lima haciendo tiempo para encontrarme con alguien por quien esperaba meses de meses para verla (valga la chanfaina gramatical), así que hay recuerdos cariñosos de por medio. Por el otro, la lluvia en el desierto es por naturaleza un evento digno de celebración y revitalización. La arena se humedece y se asienta, sin llegar a enlodecer. No hay calor ni sol que jodan, en especial en esta época, sólo gotitas que le cambian el color a las cosas, que ponen a los carros sobre aviso para que vayan suavecito y hacen a la gente guardarse para no mojarse. Así que todo el alboroto de un martes a las once de la mañana se convierte en un tintineo rítmico y gentil sobre las calaminas (o fibraforte o eternit o lo que tengas). Incluso me gustaba cuando llovía por El Niño, al menos los primeros días, antes de que los desagües se hicieran popó (literalmente). De noche es rico meterse a la cama a leer mirando las gotas golpear en la ventana, como Sebastián en la Historia sin fin, y que te acabe arrullando el sonido durante toda la madrugada. Tanta tranquilidad me ha puesto zen.

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