Casi… siempre casi

 

Nunca he visto al equipo de todos ganar algo. La última vez que Perú llegó a una copa mundial yo ya había nacido. Pero con la insuficiencia mental que da la edad de 3 años, y la importancia que a esa edad los hombres le damos al fútbol, el mundial español pasó más que desapercibido por mis pupilas y no generó esa pasión que ahora despilfarro en cada partido que la blanquiroja sufre con el balompié internacional.

A los tres años las pasiones son otras y tampoco recordables ahora. Pero la pasión que sentí muchas veces después sí la recuerdo. Es esa pasión que he gritado con mis amigos disfrutando unas cervezas, otras solo en mi cama hablando conmigo y reputeando con la mayor de las libertades cuando no se concretaban goles en el arco enemigo; es la pasión que me ha hecho bailar ridículamente festejando goles y emborracharme sin medida arrepintiéndome después. Es esa pasión, la que ustedes también han sentido y que es inexplicable describir, la que me da miedo perder.

25 años después Perú no logra concretar ni siquiera el sueño sudamericano – léase Copa América, que no gana desde 1975-, a pesar de tener individualidades sobresalientes y campañas financiadas de ayuda (Fondo Cristal) para lograr objetivos concretos. 25 años después creo que la pasión que le brindé a mi equipo, alentándolo siempre desde mi casa, con mis amigos, con un buen cebiche o con muchas chelas, se está agotando.

Creo que mi pasión no sólo está cansada, sino que también yo me cansé de malgastarla en una afición que creo ha sido mal pagada. Esa pasión tan juvenil, desmedida y libre, de espíritu grandioso y de locuras inimaginables (a pesar de que nunca las realicé pero las pensé demasiado) ahora ya no la siento así. Se agotó gritando los goles del Chorri Palacios, los tiros libres de Nolberto Solano, las tapadas de Ibañez, el juego de Rebosio y también los tiros errados de Mendoza. La malgasté mandando al diablo al ciego Oblitas, a Pancho Maturana, a Miguel Company y a Julio César Uribe (por partida doble) en vez de emplearla en otras aficiones -tal vez más personales, tal vez más colectivas- pero aficiones al fin y al cabo; como por ejemplo el cine, la fotografía o la lectura, los viajes, los amigos o incluso los estudios (se imaginan cómo sería ponerle la pasión del fútbol a las clases de redacción o de deontología) sin duda hubiera generado resultados positivos mayores que los que logré alentando a la camiseta de todos en sus presentaciones internacionales.

Ahora a mis 26 años, mis motivaciones, ideas y estilo de vida han generado un camino de una sola vía, y dudo mucho que pueda cambiar la pasión que siento por el fútbol por otra mejor. Sin embargo espero y ruego que mi selección llegue pronto a un mundial, a ganar una Copa América o a salir victoriosa de alguna disciplina olímpica, antes que mi pasión se extinga o antes que cumpla 60 años y mi única pasión sea seguir viviendo.

Finalmente, les dejó aquí la última vez que Perú fue al mundial; un partido que ahora puedo ver gracias a la magia del Youtube, pero que ya no puedo sentir.

 

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