¿QUIÉN NO HA CAÍDO EN LA TRAMPA DE LOS CHOROS DE COMBI?

 

A Juan Manuel Robles lo conocí en Piura, cuando hacia una investigación sobre Zaraí “Toledo” Orozco. Diana Kisner, gran amiga mia y a quien ahora veo poco, me lo presentó y disfrutamos de unas chelas en el ya conocido local de La Habana. Ahora, después de esa ocasión y de haberme vuelto adicto a los blogs, cualesquiera que sea su tema; encuentro el blog de Juan Manuel dedicado exclusivamente a la cultura combi. A continuación reproduzco un post sobre los choros y las combis, para que estén atentos cuando caigan por las limas y tengan que subir a ese mal necesario.

La combi y el choro se parecen en que ambos van muy rápido y cambian de ruta según lo que se les antoje más conveniente. También se asemejan en que, en cierta forma, tienen el privilegio de que el imaginario general patriótico los suela asociar a esa clase cosas que, criollamente, hacemos como nadie. Así, el ratero peruano es vivazo, ágil, está dotado la inteligencia impoluta legada por los incas y es por eso que lidera bandas de cacos en la madre patria y países afines de la Comunidad. De lo que quiero hablar ahora es de la combinación de los dos elementos, es decir, de ese momento brutal en que un ratero se sube a una combi. La filósofa de teléfono Gisela Valcárcel dijo una vez en vivo que nadie puede decir que es peruano de verdad hasta que sufre una estafa. Yo digo que nadie se gradúa de limeño de veras hasta que te roban algo valioso en una combi.

A mí me pasó hace varios años. Por esos días estrenaba dos cosas cuya conjunción, quizás, tiene que ver con el desenlace triste de esta historia: un saco de terciopelo negro y una agenda electrónica recién comprada en el mercado negro de La Paz (decir cómo había llegado allí alcanzaría para llenar otro post). Amaba esa agenda. Creo que era Sharp: la pantallita tenía una luz azul aguamarina que podía verse en la oscuridad. En mi trabajo, el directorio telefónico es ciertamente importante y yo estaba haciendo una investigación sobre Chabuca Granda. Tendría 46 teléfonos de amigos, familiares, guitarristas, figuretis, y toda esa constelación que gente útil que va apareciendo desde las sombras cuando escribes sobre la vida de alguien.

Ese día, llevaba mi saco nuevo y en el saco estaba la agenda: a ratos, hundía mi mano en el bolsillo y palpaba su contextura de plástico frío. Serían las siete. Salí de la casa de un amigo, caminé hacia la avenida Angamos y tomé una de esas combis que vienen de parque Mora y pasan por el Grifo El Rosario, que era donde debía bajar. Me senté en el primer asiento de atrás, mirando al frente. Había unas seis personas. En eso, la combi se detuvo y subieron dos chicos que no debían tener mucha más edad que yo. Uno de ellos ––el pelo largo y las cejas tupidas–– se sentó al frente mío, en el asiento que da al espaldar del chofer. El otro se fue atrás y su paso fugaz no me dio tiempo de verle rostro. El de pelo largo fruncía el ceño y había algo en él que no me permitía quitarle los ojos de encima. En eso pensaba yo cuando su rostro dejó de ser un concepto pasó a ser acción: el chico habló y me pidió la hora. Lo raro era que el tipo tenía un reloj en la muñeca. La situación se me hizo irracional, pero en esta ciudad de dementes eso no parecía tan grave, así que le di la hora. Unos treinta segundos después, me volvió a preguntar qué hora era. Esta vez, estuve a punto de perder la paciencia, y, con gesto cortante, le dije: las 7.21pm.

-–Oye, ¿no vas a Benavides?

Preguntó el chico de pelo largo al cobrador cuando le vehículo cruzó la Vía Expresa. Era absurdo pensar que esa combi iría a la avenida Benavides, cualquiera con un mínimo de criterio lo habría sabido, entre otras cosas porque en esa ruta no había ninguna línea que te llevara hasta allá. Pensé que los chicos palomillas habían conseguido avanzar unas cuadras gratis mediante un viejo truco que todos alguna vez hemos usado: hacerte el huevón. Lo que me pareció raro fue la pasividad del cobrador. Los chicos se bajaron y él no dijo nada. La puerta corrediza se cerró de un golpe y los borró de mi vista para siempre jamás.


Dos semáforos después sentí ese aire helado en el pecho, esa parálisis sanguínea que viene cuando te das cuenta que te han jodido. Recorrí con la mano mi saco negro hasta llegar al bolsillo sabiendo de antemano que al llegar al fondo encontraría exactamente lo que encontré: la suave profundidad de la nada envuelta en terciopelo. Volteé por instinto y vi que sería inútil seguir a esos hijos de puta. Perdiste, cholito. Mierda. Lo sabía: preguntarme la hora era una forma de distraerme mientras el cómplice sacaba la agenda de mi bolsillo.

Decidí hacer lo que siempre uno hace en estos casos, o sea, cuando no hay nada que hacer: disimulé. El choro de la combi no solo te quita algo que quieres, además te enfrenta con la vergüenza de haber sido lorneado frente a todos. Es horrible estar en evidencia, así que puse mi mejor sonrisa mientras mi mano seguía en el estúpido plan de revolver el bolsillo. A veces, el cerebro pierde las esperanzas antes que las manos.

Pero la señora de lentes y pelo crespo que estaba detrás me miraba con irritante gesto de conmiseración. Era como si dijera “te robaron, hijo, que penita” con los ojos. Por supuesto, eran gestos en silencio. Ella no dijo nada. Nadie dice nada cuando ve un robo. Nadie se mete. Pensé en los valiosos teléfonos de mi agenda electrónica y en que me daba mucha flojera conseguirlos de nuevo. Pensé en ir a buscar el aparato en la Cachina, como solían hacer mis amigos cuando se les perdía algo. Pero nunca lo hice. Abandoné la investigación sobre Chabuca Granda la semana siguiente.

Eso sí: que conste que JAMÁS me han robado el celular en la combi. Por si acaso.

Texto: Juan Manuel Robles
(http://s16000.gridserver.com/combimania/)

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