A favor y en contra

Me gusta fumar en clase: porque soy un ‘homo libertis’, y al ser libre considero que no debo ser coartado durante horas en un salón de clase. Me gusta fumar y me agrada más esa idea si es en el aula, con todos mis amigos al costado, claro, fumando.

Yo fumo en todos lados porque me gusta y se ve bien. En cada pitada siento a mis espaldas miradas de chicas que susurran: “Y este que se cree”, y aunque exageren, me gusta. No hay que negarlo. Pero se ve mejor cuando lo hago en plena clase porque demuestro que soy tan cool e intelectual como el rector que, para muestra de su sabiduría, también fuma en clase.

Los grandes intelectuales han fumado siempre y las mejores cosas que se han creado han tenido de testigo a un inspirador cigarro. La universidad al ser foco de cultura y de creación se ve beneficiada con ese humo. Un puchito te hace pensar y es el compañero perfecto para acompañarte en una clase. Además, te une más con tus patas porque con un solo cigarro, a veces, fuma toda una fila.

Me gusta fumar en clase porque a la mayoría le molesta el humo y así creo anticuerpos. Me gusta porque el profesor me lo permite y, al hacerlo, hay una pequeña complicidad. Sólo una mirada, una pitada y esa conexión de tabaco nos une para siempre. En fin, me gusta fumar en clase porque sin querer siento que hago algo malo, prohibido y la simple idea de ir contra el sistema, tan solo por tres minutos me hace libre, y como tal, rebelde.

No me gusta fumar en clase: por lo mismo que cuando me dicen te regalo un libro nunca escojo los de Coelho. Porque nosotros, simples seres humanos, venimos enfermos y los más tontos argumentos no sirven de nada para sanarnos. Odio fumar en clase porque compruebo una vez más que el cigarro causa adicción y que pronto no lo dejaré ni para estudiar, ni para comer, ni para dormir, etc.

No me gusta fumar en clase porque ese humo se expande por todo el salón y por más ventiladores que haya nunca se va. Lo odio porque así haya (o hayan) fumado a las ocho de la mañana, el salón apesta a nicotina todo el día. No me gusta cuando el profesor dicta la clase con un cigarro prendido ya que siempre termina por echar el humo a los primeros de la fila y, como es una autoridad, no pueden decirle nada.

No me gusta que fumen en el salón porque es un lugar cerrado y siempre molestan a los demás. Me desagradan los que fuman en clase porque nunca lo hacen solos, necesitan sentirse en mayoría y eso es de cobardes.

No fumo en clase porque respeto las leyes, las normas cívicas y la vida de mis compañeros. Si me quisiera enfermar fumaría sólo en una banca u otro lugar, nunca bajo cuatro paredes con más gente. No me agrada que fumen en clase porque aparte de incomodar la clase, ensucian el salón, ya que siempre cargan un cigarro, pero nunca un cenicero. Por último, no me gusta fumar en clase porque mis derechos terminan donde empiezan los de mis compañeros.

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