El Loro – La trica

En el último capítulo dejamos al agente Vílchez abandonado a su suerte con un compañero confundido y un loro inconsciente al que supuestamente debía custodiar. Sí, es muy cruel hacerle pasar por tantas cagadas a un tipo tan buena gente como Vílchez. ¿Pero saben qué? A él de chiquito le gustaba escribir groserías en las paredes de los baños públicos. Eso de por sí ya es falta contra propiedad del Estado. Añadámosle al daño su coeficiente intelectual para darse cuenta de lo que hace, la precocidad de la falta, apliquemos fórmula de interés compuesto anual durante, digamos, unos 12 a 14 años por mora, y a todo esto sumémosle que aceptó libre y voluntariamente trabajar para la Agencia, con todo y el nombrecito ese de los casos de dudosa legalidad.
En conclusión, tenía mucho karma negativo acumulado.

Y ahora el universo está cuadrando cuentas con él…

No falta mucho para que amanezca. El sonido del motor del Tico parado es estresante, nada más. A estas alturas ya no queda adrenalida en las suprarrenales para seguir alterándose y agitándose. Pero no por eso deja de ser incómoda la idea del castigo del jefe. Porque, con la cantidad de miembros que tiene la Agencia, está garantizado que las reprimendas van a ser muy, muy personalizadas.

TOC-TOC-TOC-TOC

Cada golpecito le recuerda una vieja paliza y una forma cada vez más cruel y original de mejorarla. Es fascinante cómo se puede torturar a un subordinado sin salir de la cocinita de la oficita. Falta algo todavía…

– ¿DONDE ESTÁ EL LORO? ¡ABRAN ESA PUERTA YA…! ¡MÁS LES VALE QUE TENGAN AL PÁJARO ENTERO…!

Sólo se oye un murmullo del otro lado.

– ¿QUÉ ES ESE RUIDO? ¿QUÉ ESTÁN BALBUCEANDO AHÍ DENTRO?

BANG

El jefe no es paciente. Sabe para qué ha entrenado a sus agentes y sabe que si no había nadie listo para abrir la puerta apenas oyeron el carro llegar, sin necesidad siquiera de que toque la puerta, algo anda mal. La Agencia no suele tolerar este tipo de faltas.

– Duggh… mami, me mima memo mimí con maní, pin, pin pin, pirilín…
– ¡Despierta Vílchez! ¿Qué pasó con el loro? ¿Dónde está Sandoval?

Vílchez apenas podía terminar unas pocas sílabas entre los bofetones.

– Ugggh… ¿Sandoval no está…? ¿San… doval? Sando… sando… ¡Sandoval! ¡Me pegaron en la cabeza y vi que se llevaban al loro antes de desmayarme! ¡¡¡Han secuestrado al pájaro!!!

¡¡¡¡Chan, chan cháaaannnn!!!!

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